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JOAN DEL ALCÀZAR


González, guerra y la eficacia de algunas dictaduras

González, guerra y la eficacia de algunas dictaduras




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Febrero 04, 2019 18:05 hrs.
Política Internacional › Venezuela
JOAN DEL ALCÀZAR › Emmanuel Ameth Noticias

Felipe González y Alfonso Guerra constituyeron una pareja irrepetible de la política española. Un dúo exitoso en las décadas finales del siglo pasado que la vida, digámoslo así, separó hace años de manera irreparable. Sin embargo, también como solistas aparecen de vez en cuando para pontificar sobre lo que les parece o, frecuentemente, para bendecir o maldecir lo que les apetece, con lo que a menudo provocan fuertes reacciones de crítica. En los últimos días ha sido Alfonso Guerra quien ha recibido un alud de descalificaciones al hacer una comparación inverosímil entre la situación actual de Venezuela y la del Chile de los años de Pinochet.

El ex dirigente socialista, famoso por su agudeza mental y por su afilada y malévola lengua, acusa cada vez más que los años pasan para todos de manera inexorable, también para él, así como que nadie está a salvo de decir barbaridades del tamaño de una catedral. Guerra afirmó hace unos días, en una entrevista de radio , que "hay dictaduras que al menos son eficaces [en el terreno económico] frente a la de Maduro, que no sirve para nada". Al ser cuestionado por el profesor Antón Losada, presente en el programa, Guerra respondió: "Entre la dictadura de Pinochet, horrible, y la dictadura de Maduro, horrible, hay una diferencia: que en un lugar la economía no cayó y en otro sí que se ha caído. El no querer ver esta diferencia es ponerse una venda porque son amigos de uno o son amigos de otro". Se trata sin duda de unas afirmaciones tan atrevidas como insostenibles, por lo menos en boca de una persona de ideología socialista.

Su ex amigo Felipe González, que igualmente aparece de vez en cuando en la escena mediática, también ha recurrido en alguna ocasión a la comparativa con Chile para defender su posición contraria a los bolivarianos venezolanos y, muy especialmente, en contra de Nicolás Maduro. A pesar de ser comprensible la crítica rotunda a la dramática deriva del bolivarianismo de Nicolás Maduro, cuesta creer que ésta venga de la mano de un elogio a la dictadura genocida y terrorista de Augusto Pinochet.

En septiembre de 2015, Felipe González acaparó la atención mediática después de que en una rueda de prensa junto a Lilian Tintori, la esposa del líder opositor venezolano Leopoldo López, dijera que "el estado de sitio del Chile de Pinochet respetaba mucho más los derechos humanos que el paraíso de paz y prosperidad de Maduro". La comparación, además de gratuita e insostenible, indignó especialmente las víctimas de las dictaduras militares latinoamericanas de la segunda mitad del siglo pasado. La prensa se hizo eco de la discrepancia radical que mi amigo y colega Javier de Lucas [reconocido especialista internacional en materia de derechos humanos] y yo mismo, entre muchos otros, manifestamos en contra de la opinión del líder socialista .

Javier de Lucas sostuvo que en el fondo de aquella argumentación de González había la postura neoliberal que entiende que algunos derechos humanos [las libertades públicas y los derechos personales] son más importantes que otros [los derechos sociales que exigen prestaciones]. En esta línea, afirmaba: "Lo que deducimos de estas declaraciones es que Felipe González ha perdido el norte y mide los derechos humanos en términos de mercancía. Es un disparate absoluto".

Por mi parte, preguntado por el periodista, respondí que "la chilena fue una dictadura de seguridad nacional claramente represiva en la que hubo una política específica en alianza con el resto de regímenes militares que había en ese momento en América Latina. En aquel tiempo se practicaba la detención arbitraria, la tortura, el asesinato y la desaparición de personas", por lo que las palabras de González habían sido "extraordinariamente ofensivas para las víctimas y los familiares de los asesinados, detenidos o desaparecidos en Chile, pero también de las dictaduras de Argentina, Uruguay, Brasil ..., así como para cualquier persona vinculada a la defensa de los derechos humanos en América Latina. "La comparación -dije para concluir- es una barbaridad".

Ahora que Alfonso Guerra ha hablado de la eficacia económica del régimen de Pinochet convendría desmentirlo y, al mismo tiempo, recomendarle un par de cosas.

En primer lugar, que repase las palabras recientísimas del ex presidente Ricardo Lagos, socialista, a propósito de la sentencia que acaba de dictarse en su país respecto del asesinato del ex presidente Eduardo Frei Montalva [que lo fue entre 1964 y 1970] en 1982, en plena dictadura militar: " Pinochet es quien encarga este magnicidio ". Seis personas, un ex agente del CNI, el ex chofer de Frei y cuatro médicos que la atendían en el hospital donde estaba ingresado, han sido condenadas a penas de entre tres y catorce años de prisión por el delito de asesinato. Conviene recordar que Pinochet encargó otros magnicidios a opositores que se produjeron en Washington (Orlando Letelier, muerto), Buenos Aires (general Carlos Prats, muerto) o Roma (Bernardo Leighton, malherido), además de ser responsable de la muerte o desaparición de más de tres mil opositores a la dictadura entre 1973 y 1990 [Según el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, presidida por Sergio Valech].

En segundo lugar, Alfonso Guerra debería leer más sobre la economía del Chile de Pinochet. Así, podría enterarse de que el modelo de economía de mercado implantado por la dictadura militar significó una revolución capitalista que supuso la apertura brutal y sin control de la economía al capital internacional, la reorientación de la producción hacia el mercado mundial y la adopción de un enfoque de libre empresa mediante la masiva privatización de los medios de producción, paralela a una drástica reducción del gasto público. Desde 1975 unos tecnócratas formados en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad de Chicago, los Chicago Boys, como fueron conocidos, se hicieron con las riendas de la economía chilena, poniendo en práctica los principios económicos neoliberales en su versión más ortodoxa: aplicaron estrictamente el principio de la no intervención estatal en la economía con el objetivo de que el mercado fuera lo más libre posible y, al mismo tiempo, mantuvieron una fe integrista a la propiedad privada.

Desde mediados de 1982 la economía chilena entró en una crisis durísima. La producción cayó más del dieciséis por ciento en los años 1982 y 1983. Las quiebras empresariales aumentaron de forma alarmante y, como efecto inmediato, el paro subió hasta el treinta por ciento de la población activa, y la inflación volver a dispararse. Sin embargo, el Gobierno no hizo nada, con la esperanza de que el mercado se autoajustase, lo que no sucedió. En 1983 la intervención fue imposible de aplazar y el Gobierno no sólo asumió la caída del sistema bancario, sino que firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que establecía como primera prioridad un programa completo de atención al servicio exterior de la deuda. También se realizó un cambio en el sistema de seguridad social y previsión, que pasó a ser de capitalización individual en manos privadas, que todavía hoy causa estragos entre los más débiles.

Con todo, la reforma estructural más importante de la década de los ochenta consistió en la privatización de las más importantes empresas estatales, entre las que se encontraba la mayoría de los servicios de utilidad pública. Con estas medidas se impulsó un crecimiento generado por la exportación de productos primarios tradicionales, como el cobre, y sobre todo para las mercancías agrarias (especialmente frutas), la pesca (especialmente sus derivados) y por la explotación forestal. Estas áreas en expansión permitieron hablar de un boom de la economía chilena, un boom que, -todo hay que decirlo-, recayó por lo que se refiere a sus efectos perversos sobre los sectores populares. Los salarios se mantuvieron deliberadamente bajos, los niveles de desempleo muy elevados y los gastos sociales claramente recortados.

¿Es esta la eficacia de la que hablaba Alfonso Guerra? ¿Podríamos decir, en clara sintonía con su línea argumental que la dictadura de Franco también fue eficaz? En España tuvimos el desarrollismo, con los pollos de Avidesa y los Seat Seiscientos, con el boom de los ingresos por el turismo y con las remesas del millón de trabajadores españoles que tuvieron que emigrar expulsados por el llamado milagro económico franquista. Claro que, paralelamente, tuvimos Tribunal de Orden Público para negarnos las libertades básicas, y presos políticos, y torturas en las comisarías, y fusilamientos hasta 1975. ¿Cómo fue de eficaz Franco? ¿Cómo Pinochet, o más?

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